
Custodio
Custodio trabaja de sereno, que es el oficio más viejo del bosque. Cuando todos duermen, él hace la ronda vestido de negro, con la barba gris recogiendo rocío y el cetro por delante. La amatista de la punta le marca el camino de un modo particular: se enciende apenas, como brasa violeta, cada vez que cerca hay alguien despierto a deshora, de esos que miran el techo a las tres de la mañana haciendo cuentas que no cierran. Entonces Custodio se acerca a la ventana y se queda. No golpea, no entra, no dice nada. Vela. Sus ojos verdes aguantan la noche entera sin pestañear, y algo de esa compañía se siente del otro lado, porque en algún momento la persona afloja y se duerme. Las noches largas no se acortan, pero pasan distinto cuando alguien las vela con vos.